El poder sanador de las historias

11 enero, 2016
by rebeca.soignie

Hoy os acercamos un fragmento del boletín nº39 de AEDA, la Asociación de Profesionales de la Narración Oral en España. Se trata de una reflexión de Virginia Imaz, coordinadora de este boletín y que, al menos para mí, pone sobre la mesa reflexiones que muchas veces me planteo, en mi caso, desde el otro lado, el de alguien que trabaja con cuentos de manera educativa. Y ahora, después de leer su tecto, me pregunto, hay otra manera de entenderlo? Ya me diréis!

“A la hora de coordinar este boletín, mi objetivo ha sido que tanto las personas que nos movemos en la narración oral, como las que lo hacen en la terapia y se interesan por los cuentos, podamos tener una nueva ocasión, para conocernos mejor y para reflexionar juntos. Estoy convencida de que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Para empezar, entre las personas que colaboran en este boletín, hay narradores y cuenteros profesionales, que además tienen una formación terapéutica. Otras personas partiendo de una práctica terapéutica se han encontrado con los cuentos y se han rendido a su increíble potencial sanador. En ese lugar nos encontramos o podemos encontrarnos, si somos capaces de dejar los recelos mutuos a un lado para conocernos mejor.

Mi percepción es que en el mundo de la terapia, como en el de la empresa, como en el de la educación…, se utilizan los cuentos, en ocasiones, con una enorme carga de servidumbre e incluso de prostitución, que ahoga el arte. Yo soy narradora oral. El cuento es para mí ante todo, una expresión artística. No necesito que el cuento “sirva para nada”.  Buscarle la utilidad, o que su rentabilidad pedagógica, terapeútica, publicitaria… vaya por delante, en mi experiencia, puede hacer que un cuento sea tan políticamente correcto que no cuente nada. O hacerlo panfletario, light o paternalista. Un duro arnés para cualquier vuelo creativo. Intento evitar ese purgatorio. Ahora bien, considero que obviar el potencial pedagógico o terapéutico de los cuentos tampoco favorece nuestra práctica profesional. El nuestro es un oficio de canal. Como todo lo escénico, persigue el trance, la catarsis… Se trataría de estorbar con nuestro ego lo menos posible. Para ello es fundamental conocernos mejor. En un sentido amplio… ¿no acompañan en esta misma dirección del autoconocimiento, tanto la terapia como la narración oral?

Percibo un mayor desconocimiento, en general, por parte de la gente que narramos de las investigaciones y prácticas de la narración oral en el ámbito terapéutico que, por ejemplo, en el ámbito pedagógico.

Como maestra he padecido el celo curricular que consigue que un cuento sea tan didáctico que aburre a muerte. En la escuela se venden a veces como “cuentos” repertorios mejor o peor ilustrados de un vocabulario técnico específico, de una crónica de la vida cotidiana o de una recomendación de un determinado tipo de comportamiento.

Ya de entrada, hablar de cuentos “educativos” es una redundancia del mismo calibre que la expresión “educar en valores”. Toda la educación es en valores. Los nazis, por ejemplo, lo tenían clarísimo. La cuestión –  y la responsabilidad –  a la hora de educar, es decidir en qué valores queremos educar. Todos los cuentos educan y los cuentos poderosos más. Educan incluso pese a las intenciones u objetivos  de quienes contamos. Si la educación o la narración oral investigan sobre el poder pedagógico o didáctico de los cuentos, no es para educar o no con ellos. Es, o debiera ser, para educar mejor. Esto es, en los valores que cada quien considera que son los adecuados para transmitir a las siguientes generaciones. Contar requiere tomar decisiones éticas y estéticas. Y no decidir es también tomar una decisión.

Creo que no se genera ya tanta polémica sobre esta dimensión educativa de los cuentos. Lo que no convierte necesariamente a quien cuenta cuentos en maestro o maestra (ni falta que hace), ni a los y las docentes que cuentan cuentos, en  narradores/as.

Lo mismo se podría decir del poder sanador de la narración oral. Contar no nos hace terapeutas. Ni un/a terapeuta se convierte en narrador/a porque utilice en su terapia como recurso la narración de cuentos. Pese al uso y abuso del término terapia y de mis prevenciones al respecto, creo que los cuentos, como las palabras, pueden sanarnos o pueden enfermarnos.

Estoy interesada, siempre, en lo que otros gremios y otras andaduras pueden enseñarme de la cuentería, porque quiero contar más y más consciente, de lo que cuento y de cómo lo cuento.

La narración oral es mestiza, bastarda y en ocasiones hasta maldita. Y todo, porque no se le puede negar una capacidad increíble de hibridación. Todo cuenta o puede contar historias. La cuentería tiene conexiones evidentes con la literatura escrita. Con esta es quizás con la que menos nos peleamos, aunque se trate a menudo de una relación jerarquizada y dominada por objetivos alfabetizadores o letrados de promoción a la lectura. Y también, como hemos mencionado, con la educación, claro. El aula. También nos sale sarpullido con algunas prácticas en el ámbito pedagógico, pero la mayoría debemos mucho a las escuelas y a los y las docentes que aman los cuentos. Nos han ayudado a curtirnos profesionalmente.

La narración oral está también conectada con la escena. En el margen del arrabal de la periferia… pero es un arte escénico. Y es lo que andamos reivindicando a propios y a extraños, como lo demuestran nuestras dos escuelas de verano. Una tarea que habrá que continuar sin duda.

Pero hay al menos otras tres conexiones, que en mi opinión, conocemos menos y peor: la terapéutica, la de inclusión social/mediación intercultural y la de las empresas, con el storytelling aplicado en ocasiones con efectos tan perversos. Se diría que nos llegan referencias sólo de las malas prácticas…

Es cierto que la propia palabra “terapia” puede activarnos alarmas que nos impidan el acercamiento a este mundo, del que también podríamos extraer aprendizajes e inspiración para nuestra práctica profesional. Cuando voy a contar cuentos no me planteo que la gente que va a escucharme esté enferma y que yo le vaya a curar de nada, incluso en contextos de enfermedad, como pueden ser los hospitales. Pero he renunciado a la inconsciencia que supone para mí obviar el hecho de que el cuento puede o no tener una dimensión sanadora. Prefiero hablar de sanación que de terapia y creo que la sanación empieza en quien cuenta. Cuento para contarme el mundo y para contarme al mundo. Los cuentos que elijo, la manera, el tono y el estilo de contarlos, son ya actos de sanación, una manera de expresarme. Esto es, de sacar lo que está preso dentro de mí. Contar me hace bien. Me ayuda a buscar sentido al oficio de vivir, me sostiene con todas las respuestas que el imaginario colectivo ha ido encontrando a lo largo de los tiempos para los problemas que nos ocupan y nos preocupan. Narrar me ayuda a pescarme en mis mitos personales y familiares y a revisarlos y actualizarlos. No puedo hablar por quién me escucha, pero cuando me cuentan un cuento, escuchar también me hace bien. Si estoy escuchando en grupo, siento entre otras cosas, pertenencia. Soy invitada a realizar un viaje en el imaginario donde con suerte, me moveré por dentro, me emocionaré, aprenderé algo… Entiendo que la sanación es también acompañamiento. Si un cuento me ofrece alguna clave para integrar polaridades, para conocer y aceptar mi sombra, para ponerle nombre a mis emociones, para empatizar y comprender a otra persona, a cambiar mi mirada o ampliar mi perspectiva… esto ya es profundamente sanador para mí, aunque quien narra no sea terapeuta.

Algunas de las cuenteras y de los narradores con los que más resueno hacen, a mi manera de ver, un trabajo chamánico. No es su objetivo. Cuentan, dicen. Sólo cuentan… Pero al contar se convierten, a menudo sin pretenderlo, en hombres y mujeres medicina. ¿No era a menudo el chamán quien contaba cuentos también a su comunidad? ¿O era al revés?

Creo que merece la alegría dedicarle un rato a darnos cuenta de qué historias nos contamos a nosotras mismas a nivel personal, para tener la vida que tenemos. Porque en este oficio nuestro (yo diría que en todo lo escénico) lo personal y lo profesional se unen o pueden hacerlo en nuestra tarea narrativa. El viaje es siempre hacia adentro. Para un narrador o una cuentera profesional creo que siempre son pertinentes las preguntas: ¿Qué historias contamos? ¿Cómo las contamos? ¿Qué imaginario queremos ofrecer o inspirar a la comunidad?

Creo que son ámbitos a los que tendríamos que entrarles de la forma más desprejuiciada y rigurosa posible. Tenemos mucho que aprender y mucho que enseñar, de y a profesionales de otros gremios. “

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